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  • Nombre: Axel Reichtager
  • Raza: Reiklandés
  • Clase Inicial: Saqueador
  • Jugador: HLHR

Historia Editar

Axel Reichtager

Relato: Inicio de una historia

- Esto apesta.

- Ya lo hemos hablado. Es un tipo de confianza y necesitamos el dinero. Además, sus dueños están muertos. No van a necesitar todas estas cosas.


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- No, quiero decir que apesta de verdad. Por las tetas de Shallya, ¿cómo puedes no olerlo?

- ¿Te quieres callar ya? Se supone que no deberíamos estar aquí y tú no paras de parlotear.


- Ahg, maldita sea. No me encuentro bien. Para el carro.

- ¿Qué? Ni hablar. Si tienes que ir a "liberar carga" haztelo encima. Ya vamos tarde.


-
¡Para el maldito caaaaaarrhhgg...! El joven de cabello claro se encogió como un resorte sobre el regazo de Gustav. Éste, incapaz de reaccionar, observó con horror como toda la comida del día anterior yacía desparramada y tibia sobre sus pantalones.

- ¡Eres un estúpido! ¡Arg! ¡Solo llevaba dos meses con estos pantalones!

El pequeño carro se detuvo en seco cuando el hombre de pelo oscuro y rostro picado de viruela tiró con violencia de las riendas, descargando acto seguido la suela de la bota contra el costado de su compañero, haciendolo caer del mismo. Más preocupado por su propia situación, Gustav se bajó de un salto del carro intentando librarse del reflujo de su compañero.

- ¡Qué desastre! Padre me va a matar como le devuelva el carro con esta peste. ¡Sigmar bendito, Axel! ¡Has vomitado por todas partes! ¡Hasta en la pobre Brenda! – La flaca y desnutrida yegua acompañó el comentario con un oportuno relincho.

Mientras tanto, el Joven Axel yacía arrodillado entre dos setos sujetandose el estómago entre convulsiones. Se sentía fatal y no sólo fisicamente. Su padre, panadero por vocación, hacía el reparto diariamente por todos los pueblos de la zona entre Grunburg y Auerswald en esa carreta, la cual fue un regalo de su difunta mujer y madre de Axel y Gustav. Por estos dos motivos, no sería desacertado afirmar que su padre sentía bastante más aprecio por Brenda, aquella yegua flaca y su carro, que por sus dos hijos. Al menos, si era seguro decir que le dedicaba más tiempo y dinero que a ellos.

Por este motivo, desde hacía algunos años, Axel y Gustav recorrían los campos de batalla y refriegas en busca de objetos que saquear y vender. No era un trabajo honorable, ni bien visto, ni diurno, ni estrictamente legal, pero al menos proporcionaba algunas monedas que poder invertir en las tabernas y burdeles mas baratos y sórdidos de Reikland a cambio de algo de diversión.

Un golpe seco y húmedo llamó su atención, seguido del caer de un saco. Podía imaginarse a su hermano bajando parte de la mercancía para poder limpiar a fondo aquel desastre. Las nauseas habían remitido, pero no podía dejar de pércibir aquel intenso hedor. Era el olor de la enfermedad, de la inmundicia tibia que flota en las aguas de las cloacas y de un tipo enorme con cabeza de lamprea que estaba sorbiendo en silencio del intestino rajado de una masa sanguinolenta que hasta hacía no demasiado debía de haber sido un hombre.

Un sudor frío recorrio su espalda cuando se percató de que le estaba mirando directamente con unos pequeños ojos redondos y negros que no reflejaban nada. Se quedó completamente paralizado y horrorizado durante unos segundos que parecieron horas, perdido en aquella mirada vacua. El piafar de unas pezuñas tras de sí le devolvió lo poco que le quedaba de cordura y sentido común y se alzó de un salto con intención de correr hacia el carro, pero algo le detuvo.

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Al girarse vio a una enorme figura cuyo aspecto parodiaba las facciones de un hombre y un carnero. Gustav pendía de su puño, sujeto por el jubón, boca arriba con el gesto desencajado y el craneo anormalmente hundido y cubierto de sangre. Tenía los ojos muy abiertos y abría y cerraba la boca como un pez que ve llegar su final fuera del agua mientras. Detrás de ellos, numerosas siluetas de depravadas mezclas entre hombres y animales aparecían de entre los arboles y arbustos. Un pequeño hilo rojo resbalaba por el oido de Gustav y, por algún extraño motivo, el agonico curso de la sangre por el rostro de su hermano captó toda su atención. Todo se volvió secundario, poco nitido y muy lejano.

- Axel. ¿Axel? ¡Axel! ¡Espabila hombre! Te has quedado con cara de tonto, como un niño imberbe viendo su primer pecho. ¡Ha, ha! – El corpulento mercenario descargó una fuerte palmada sobre el brazo del hombre de cabello y barba castaña soltando una fuerte carcajada que no llamó en absoluto la atención entre el bullicio de la taberna

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El hombre de mediana edad retiró la vista de la gota que resbalaba por la boca de la botella de vino, mas preocupado por mantener el equilibrio sobre el taburete tras la palmada amistosa que Boris el Kislevita le acababa de regalar. Se llevó la mano al lugar del golpe y se lo frotó con disimulada incomodidad.

- ¿Entonces contamos contigo? – Preguntó el corpulento hombre de Kislev mientras se atusaba el extremo de su largo bigote.

- Sí, podeis contar conmigo. Pero antes dime una cosa, ¿quién os ha hablado de mi?

- He de serte sincero, no eres nuestra primera opción, ni la segunda. Y que me aspen si entiendo como es posible que el bueno de Wolfhelder se ha retirado del negocio hace justo dos días. - Boris negaba con gesto terriblemente incredulo. - Pero así son las cosas.

- Imagino que ha sido Wolfhelder. – El hombre suspiró con una leve sonrisa – Es un buen muchacho, aunque su adiccion a la piedra bruja va a hacerle perder la cabeza algun dia.

- El brazo.

- ¿Cómo dices?
– Preguntó Axel enarcando una ceja cruzada por una cricatriz blanquecina.

- El brazo. Que perdió el brazo. Le pareció buena idea apostarselo a la siguiente mano de cartas contra un tipo de Middenheim, cuando se quedó sin monedas.

- Imagino que se trata de algún tipo de justicia poetica. En cualquier caso, vamos al grano. Serán 200 monedas, por adelantado.

- ¡Nos dijiste que serían 150! – Exclamó Boris alzandose súbita y tirando la silla al suelo en su ímpetu. La posada se quedó en silencio mientras el enorme Kislevita señalaba peligrosamente al hombre sentado frente a él.

- Vamos, Boris. Vamos, tranquilizate. – Convino el hombre invitandole a tomar asiento de nuevo intentando evitar que se notase lo realmente intimidante que resultaba el mercenario. – Ese era el precio base. Ahora, hay que sumarle el hecho de que soy vuestra última opción y que mi competencia ha perdido un brazo. Eso vale al menos 40 monedas más.

- ¡Eso hacen 190!

- Y 10 por orgullo profesional. A nadie le gusta ser el último plato de nadie.

El Kislevita estaba rojo como un tomate por el acohol y la rabia. Su rostro reflejaba una rabia a penas contenida. Apoyó ambos puños sobre la mesa, mientras se inclinaba hacia delante, haciendo crujir la madera. Sus miradas se encontraron durante unos segundos en los que Axel tuvo que hacer verdadero esfuerzo para no echarse a temblar. En caso de que estallase la violencia, no tendría ninguna oportunidad. Y entonces, justo cuando parecía que iba a descargar toda su rabia sobre el hombre, estalló en carcajadas.

- ¡Ha, ha, ha! Tienes agallas, Axel. Para ser un Reiklandés. Espero que consigas conservarlas durante el viaje. Recuerda, pasado mañana. En Ubersreik al mediodía. ¡Y ahora basta de negocios! Tengo sed, una bolsa de monedas y el sagrado deber de mostrar a estas señoritas como montamos en Kislev.

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