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  • Nombre: Ren Aldamarë
  • Raza: Elfo Silvano
  • Clase inicial: Explorador
  • Jugador: Kvothe

Historia Editar

Elf girl by grayserg

El silbido de una flecha rasgó el aire a gran velocidad, como un destello momentáneo que se perdió entre la maleza.
Con un resoplido irritado, la joven elfa volvió a tomar otra flecha del carcaj que colgaba de su espalda y la colocó apresuradamente en su arco, mientras avanzaba a la carrera con una soltura y habilidad cercanas a la despreocupación a través de la espesura del bosque, persiguiendo al ciervo que se le escapaba.
Ren conocía cada rama de aquel oscuro y frondoso lugar, no en vano lo había batido por más de un siglo. Haciendo demostración de su agilidad, en apenas tres pasos y tres saltos, se había colocado en una posición favorable con respecto a su presa, agazapada en lo alto de una firme y gruesa rama, tensando la cuerda de su arco y apuntando hacia un claro por el que sabía que su presa pasaría. A fin de cuentas, se había encargado de guiarla hasta allí.

Pero el ciervo no pasó por allí. Se desvió inesperadamente y continuó por la espesura hasta que la elfa lo perdió de vista. No obstante, no fue un error de cálculo. Fue un capricho del azar. Uno que marcaría su vida para siempre.

En el claro había un grupo de humanos que se habían abierto paso a través de la maleza y, posiblemente tras haberse perdido, habían decidido refugiarse en la seguridad (o al menos eso es lo que sus simples mentes les hace pensar) de un claro entre semejante frondosidad y espesura.

Ren decidió afinar la mirada y echar un ojo en más profundidad. Habían invadido su hogar. Todo el mundo sabía que aquel no era lugar para humanos. Y además ellos apestaban especialmente. A suciedad. A ciudad. A callejones y a alcantarillas. A sangre.

Apretando los dientes, y con la flecha aún en posición en su arco, la joven batidora empezó a levantar despacio su arco colocándolo en posición, sin hacer ni un minúsculo ruido. El grupo de hombres no pareció percatarse.

-Criaturas viles y apestosas. Crueles y despiadadas. Ya no tenéis respeto por nada. –masculló para sí-.
De un solo vistazo, consiguió toda la información que necesitaba. Eran cinco, todos cubiertos de sangre. Uno de ellos además estaba maniatado y de rodillas. Un chico joven, no como los demás. Además, era el único que no iba armado.
Con un suspiro, Ren hiló su teoría. Probablemente se trataba de una ejecución. O tal vez trataban de darle un susto para sacarle alguna información, dado que aún vivía. Sea como fuere, estaba malherido, y no duraría mucho sin atención.

No lo pensó más. En un abrir y cerrar de ojos, tensó la cuerda de su arco y deslizó sus dedos los suficiente como para dejarle hacer su trabajo. Tan solo un silbido se escuchó antes del sonido de uno de los hombres, ahora muerto, provocó al caer contra el suelo con una flecha atravesándole la cabeza. Al siguiente, el de la expresión pusilánime mirando a todas partes desconcertado, le esperó una repentina hacha clavada en la cara. Una vez revelada su posición, Ren solo tuvo que dar cuenta de dos más de ellos. Tarea más difícil de la que jamás querrá admitir, puesto que ella misma resultó malherida y solo fue la suerte la que le hizo salir vencedora de semejante combate. En su cabeza, los humanos no distaban mucho de los monos.

Estaba equivocada. Los monos son más honorables y no luchan de una forma tan sucia.

Entonces cruzó la mirada con aquel moribundo chico que cayó inconsciente poco antes de que ella misma lo hiciera. Apenas alcanzó a cortar sus ataduras antes de perder el conocimiento, yaciendo allí por quién sabe cuánto, en mitad del claro y a la merced de quien –o qué- pudiera encontrarla.

Al despertar, sin embargo, se encontró a sí misma, sola y bien resguardada. Sus heridas atendidas y sanadas, y ni rastro de aquel chico que aparentemente había cuidado de ella. Tal vez no todos los humanos eran igual. Tal vez merecían la oportunidad de salir a conocer su mundo. Giró débilmente la cabeza, y observó que sostenía algo en su mano derecha.

Un extraño colgante con una pequeña piedra preciosa, que llevaría consigo a todas partes a partir de aquel momento.

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